Para un observador externo —usualmente un hombre con el brazo cansado de sostener el teléfono—, la escena es casi indescifrable. Un grupo de mujeres se detiene en una esquina donde la luz "pega bonito", ajustan la barbilla, rotan los hombros y, durante los siguientes diez minutos, el obturador suena como una metralleta. El resultado: trescientas fotos en el carrete para que, al final, solo una llegue a la luz pública. ¿Es vanidad? Quizás, pero para nosotras es algo mucho más profundo: es el arte de construir quiénes somos.
La curaduría de nuestra mejor versión
No es que seamos "difíciles" por gusto. Históricamente, la mirada del mundo sobre la mujer ha sido estética y exigente. Hemos desarrollado un ojo clínico que ellos, en su practicidad, rara vez comprenden. Donde un hombre ve "una foto que salió bien", nosotras vemos ese mechón de pelo que decidió rebelarse, una sombra que endureció la facción o una mirada que simplemente no nos representa.
No buscamos una foto, buscamos congruencia. Esa ráfaga de cien disparos es una búsqueda del tesoro: el momento exacto donde la luz, la postura y nuestra identidad interna se alinean. Es nuestro derecho a ser vistas en nuestra mejor versión, sin cabos sueltos.
El refugio de la validación entre amigas
Cuando nos juntamos para tomarnos fotos, el clic es casi lo de menos. Lo que realmente sucede es un ritual de unión. "Baja un poco más el hombro", "En esta te ves divina", "Ese ángulo te favorece muchísimo". Ese intercambio no es solo cortesía; es una inyección de dopamina y refuerzo positivo.
En un mundo que a menudo intenta decirnos que nos falta algo, encontrar "la elegida" con la ayuda de nuestras amigas se convierte en un acto de autoestima grupal. La fotografía es la excusa perfecta para el convivio, para decirnos lo que valemos y para sentir que, en ese mercado visual que son las redes sociales, tenemos una moneda de valor social que nos da seguridad y estatus.
Dueñas de nuestra propia película
Hay una razón poderosa por la que tomamos el control de la cámara: sabemos que somos observadas. Durante siglos, otros decidieron cómo debíamos aparecer en cuadros y retratos. Hoy, el proceso de elegir solo la mejor toma es nuestra forma de reclamar el trono.
Al decir "esta sí y estas noventa y nueve no", pasamos de ser el "objeto observado" a convertirnos en las directoras de nuestra propia historia. Es una forma de decirle al mundo: "Tú me vas a mirar, pero lo harás bajo mis propios términos, en el ángulo que yo decida y en la luz que me haga brillar". Es el ejercicio definitivo de poder sobre nuestra propia imagen.
Cápsulas de memoria emocional
Mientras que para el hombre la foto suele ser un registro frío de que "estuvo ahí", para nosotras la imagen está amarrada a la emoción. Guardar cientos de tomas es, en realidad, el intento de capturar una sensación completa. Esa foto de un día festivo no es solo una imagen estática; es el recordatorio de cómo nos sentíamos en ese instante, de la risa compartida y de la ilusión del momento.
Elegir "la elegida" es como seleccionar el mejor recuerdo de una biblioteca emocional. Por eso nos duele cuando el fotógrafo improvisado se rinde al intento número veinte. No es que la foto "esté mal", es que todavía no captura la chispa que queremos conservar para siempre. Al final, como bien decía la sabiduría de antes, este gusto por vernos bien y ser admiradas es una pulsión vital que nos acompaña siempre, una celebración de nuestra propia existencia que se renueva con cada clic.



