En 1959, el cineasta aragonés Luis Buñuel presentó al mundo Nazarín, una adaptación cinematográfica de la novela homónima de Benito Pérez Galdós. Galardonada con el Gran Premio Internacional del Jurado en el Festival de Cannes, la cinta no solo consagró la etapa mexicana del realizador, sino que dejó una de las disecciones más despiadadas, refinadas y vigentes sobre el idealismo dogmático, el fanatismo moral y las contradicciones de la condición humana.
A primera vista, la trama parece el viacrucis de un santo moderno: el padre Nazario (interpretado magistralmente por un contenido y digno Francisco Rabal), un sacerdote humilde que intenta vivir la fe cristiana al pie de la letra, renuncia a las comodidades de la institución eclesiástica para deambular por el México rural del Porfiriato, ofreciendo su ayuda, su trabajo y su piedad a los más desposeídos. Sin embargo, en el universo de Buñuel, la pureza moral no solo es inútil frente a la crudeza de la realidad, sino que actúa como el verdadero catalizador del desastre.
La paradoja de la bondad y el daño colateral
El gran acierto narrativo de Nazarín reside en mostrar cómo las intenciones puras, desprovistas de pragmatismo y entendimiento social, terminan sembrando la discordia. Cuando el padre Nazario ofrece trabajar a cambio de un simple plato de comida con los peones de la construcción de una vía férrea, su supuesta humildade rompe el balance de fuerzas local. El capataz, movido por una falsa condescendencia, acepta la oferta para abatir costos, lo que despierta el enojo de los trabajadores.
Un resentimiento previo —el de un obrero molesto porque su hermano fue rechazado— encuentra en la presencia del cura el pretexto perfecto para detonar. La bondad de Nazario no mitiga la injusticia; al contrario, actúa como un cerillo sobre pradera seca, desatando una riña violenta a balazos que deja muertos y priva del sustento a hombres de familia. La piedad abstracta del sacerdote ignora la economía real de la miseria.
Este patrón se repite de forma constante en el peregrinaje de Nazario. El misticismo popular confunde la recuperación biológica de una niña enferma —quien, como aclara el personaje de Beatriz (Marga López), ya llevaba dos botellas de medicina consumidas y estaba en proceso de sanación— con un "milagro" obrado por el sacerdote. El pueblo prefiere el transe colectivo y la superstición antes que el reconocimiento de la ciencia médica, transformando al clérigo en un curandero involuntario que condena su propia misión.
La histeria, la prostitución y el espejo del egoísmo
A lo largo del camino, Nazario recluta de manera involuntaria a dos seguidoras que encarnan las patologías de una sociedad fracturada: Beatriz (Marga López) y Andara (Rita Macedo).
Marga López ofrece una interpretación deslumbrante al construir a Beatriz, una mujer atrapada en una severa neurosis, víctima del abandono social y de una relación de abuso y apego tóxico con su pareja, Pinto. Sin redes de salud mental ni alternativas de apoyo en su contexto histórico, Beatriz desplaza su necesidad de afecto y protección física hacia una devoción erótico-religiosa por Nazario, confundiendo la histeria reprimida con una experiencia mística.
Por su parte, la Andara de Rita Macedo representa el polo opuesto: la carne, la violencia de supervivencia y la prostitución despojada de culpa moral. Su lealtad a Nazario no es teológica, sino pragmática; lo sigue porque él la cuidó y la curó tras una sangrienta pelea.
Ambas mujeres, en su afán por alcanzar el cielo o justificarse, siguen al sacerdote sin comprender jamás su mensaje. Para Nazario, la compañía de estas dos marginadas no es más que la prueba visible de su propia paradoja: él no está transformando la realidad de ellas, solo está sirviendo de refugio para sus angustias personales.
Y es que, como revela el desarrollo de la trama, la abnegación del idealista guarda un egoísmo sutil. Nazario no busca alterar las estructuras de explotación ni resolver la pobreza; busca preservar su propia santidad. Su piedad es una necesidad narcisista, un intento por mantenerse limpio de pecado y sentirse digno ante Dios.
El martillo nietzscheano en la celda
El clímax filosófico de la cinta ocurre en la sordidez de una celda policial. Tras ser capturado y despojado de su dignidad sacerdotal, Nazario es agredido por sus compañeros de celda. Ante la violencia injusta, el cura fracasa en su intento de alcanzar la perfección crística: no logra pedir perdón por sus verdugos; en su lugar, siente rabia, frustración y resentimiento.
Es ahí donde aparece el personaje del sacrílego, interpretado con una maestría fulgurante por Ignacio López Tarso. En una intervención breve pero Demoledora, López Tarso actúa como el martillo nietzscheano de la película. Pasa de ser un criminal despreciable a convertirse en el vehículo de la verdad cuando le espeta a Nazario la sentencia definitiva:
"Usted para el bien y yo para el mal, ¿para nada servimos ninguno de los dos?"
En esa sola frase, Buñuel desmantela la "moral de esclavos" y el idealismo dogmático. El sacrílego demuestra que tanto la maldad puramente egoísta como la bondad puramente espiritual son inútiles en términos prácticos si no cambian la realidad material de nadie. El discurso confronta a Nazario con el abismo del nihilismo: descubre que la santidad es una ilusión y que él, como el criminal que tiene enfrente, ha estado actuando solo para satisfacer sus propias necesidades internas.
La aceptación de la piña: La caída del velo
Nazario camina escoltado por la carretera, derrotado, enfermo y con la fe destrozada. Una campesina se acerca y le ofrece una piña como limosna. El primer impulso del sacerdote es el rechazo, lleno de soberbia, dolor y desilusión espiritual. Sin embargo, al mirar a la mujer, ve en ella el reflejo de su antiguo error: la oferta de la fruta es un acto hecho para ganar el cielo, una piedad autocomplaciente.
Pero entonces, Nazario duda, se detiene y acepta el regalo.
Ese gesto no marca el retorno de la fe ni la sumisión ante la caridad. Al tomar la piña, Nazario renuncia definitivamente a la ilusión de la santidad y al mesianismo ideológico. Acepta la ayuda no como un "santo" que concede el favor de dejarse ayudar, sino como un ser humano imperfecto, hambriento y sufriente que reconoce a otra criatura igual de miserable en el camino.
Los tambores que cierran la escena no anuncian un milagro ni una tragedia celestialmente resuelta; son la sacudida de la conciencia, el despertar del sueño dogmático. Nazario deja de pertenecer al reino de las abstracciones morales para asumir, por primera vez, la terrenalidad de la vida.
Buñuel no firmó en Nazarín una simple crítica anticlerical; legó un aviso atemporal contra cualquier tipo de absolutismo —sea religioso, político o ideológico— que priorice la pureza de sus doctrinas por encima de las necesidades concretas de los seres humanos.


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